
Quien sea consciente, no sólo de haber contemplado, sino de haber morado bajo el arco iris o la bóveda celeste sabe que la escala del propio cuerpo es la que rectifica la circunferencia del horizonte hasta esta abstracción plana de la que nos erguimos. La verticalidad de ese ángulo recto se nos revela entonces como una condición inherente al hombre y a las construcciones donde habita. Por ello, la cúpula o la esfera son artificios donde el ojo o el intelecto solo aciertan a encontrar la analogía, la metáfora en el mejor de los casos, o si quiera la aspiración a trascender nuestra condición de hombres y medirnos como se miden los cuerpos celestes; No deja de ser una renuncia.
Al usar el compás para trasladar segmentos, bisectar ángulos, ajustar alineaciones o, en definitiva, terminar de imaginar nuestra morada nos percatamos de la sutil ironía de cada circunferencia auxiliar; las herramientas que trazan la arquitectura son incapaces de desprenderse de la esfera. Sin embargo, al usarlo para construir un poliedro, uno no sabe bien qué pensar...
(...continuará)
La ilustración es el grabado melencolia I, de Alberto Durero